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Platillos volantes: el nacimiento del mito

¡Paparruchas!

Luis Alfonso Gámez

June 22, 2017

“Todo empezó una soleada mañana del año 1947: exactamente el 24 de junio”, dice Antonio Ribera en su libro Treinta años de ovnis (1982).1 Con ligeras variaciones es lo que cuenta la mayoría de los ufólogos: que el caso de Kenneth Arnold, del que se cumplen 70 años, fue el causante de la fiebre de visitas extraterrestres que sufrimos en la segunda mitad del siglo XX y no sólo eso. “Al piloto civil norteamericano Kenneth Arnold le cabe la gloria bastante discutible de haber bautizado a las naves de los misteriosos señores del espacio. Fue Arnold, en efecto, quien creó el tan desdichado nombre de platillo volante”, escribe el mismo Ribera en El gran enigma de los platillos volantes (1966).2 A raíz de su avistamiento se multiplicaron las apariciones de objetos extraños, primero en los cielos de Estados Unidos y después en los del resto del mundo, y el bautizo del nuevo fenómeno se debió a esa observación, pero los extraterrestres tardarían años en llegar.

Portada del primer número de la revista ‘Fate’, en el que Kenneth Arnold cuenta su avistamiento.

El 24 de junio de 1947, Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios, vio desde su avioneta nueve objetos en formación y a gran velocidad en las inmediaciones del monte Rainer (estado de Washington). Cuando al final de la jornada aterrizó en el aeropuerto de Pendleton (Oregón) y se lo comentó a amigos pilotos, le apuntaron que “podrían ser misiles guiados o algo nuevo”. “De hecho, varios expilotos del Ejército me informaron de que antes de entrar en combate en el extranjero les habían advertido de que podrían ver objetos de forma y diseño similares a los descritos por mí y me aseguraron que no estaba soñando ni volviéndome loco”, escribió meses después en la revista Fate.3 Uno de esos exmilitares, Sonny Robinson, creía que había visto algún tipo de nave experimental de Estados Unidos o de una potencia extranjera.

Arnold contó a la mañana siguiente la historia a dos periodistas del East Oregonian, Nolan Skiff y Bill Bequette. Les explicó, según mantuvo hasta su muerte en 1984, que los objetos «volaban erráticos, como una platillo si lo lanzas sobre el agua». Y el relato acabó en la primera página del East Oregonian del 25 de junio. “¡Imposible! Tal vez, pero ver es creer, dice un piloto”, rezaba el título. Explicaba en el segundo párrafo: “Él [Arnold] dijo haber visto a las 15 horas de ayer nueve aeronaves con forma de platillo que volaban en formación, muy brillantes –como si fueran de níquel– y a inmensa velocidad”.4 Uno de los reporteros, Bequette, mandó una versión de la información a la agencia AP, que la distribuyó entre sus afiliados, y los platillos volantes invadieron los periódicos y los cielos estadounidenses. No se sabe a ciencia cierta cuál de los reporteros convirtió en “aeronaves con forma de platillo” el “volaban erráticos, como un platillo si lo lanzas sobre el agua”, aunque siempre se ha achacado la autoría a Bequette; pero a partir de ese momento se empezaron a ver por todo Estados Unidos platillos volantes, aunque los objetos que Arnold había visto tenían más bien forma de bumerán o luna creciente. Fue tal el impacto de la noticia que a finales de junio se registraban en el país una docena de observaciones al día y, entre ese mes y julio, se dieron más de 850, con un pico el 6 y 7 de julio, con más de 150 casos diarios. El 8 de julio, el Ejército anunció que había recuperado un platillo volante estrellado en Roswell (Nuevo México), accidente que poco después desmintió y que ni entonces ni durante décadas fue tomado en serio por los propios ufólogos. Y el 1 de agosto dos oficiales de inteligencia de la Fuerza Aérea morían al estrellarse el bombardero B-25 en el que volvían a California de investigar un caso en el estado de Washington, el luego conocido como fraude de la isla Maury, en el que Arnold debutó como ufólogo por encargo del editor de ciencia ficción Raymond Palmer.

Armas secretas

En plena fiebre platillista, el astrofísico Lyman Spitzer, de la Universidad de Yale, auguraba el 6 de julio de 1947 en The New York Times que pronto “una pequeña luna con un telescopio para observaciones astronómicas podría dar vueltas alrededor de la Tierra” y la propulsión nuclear nos llevará hasta otros planetas.5 No descartaba que pudiera haber vida inteligente en Marte. “En ese caso, el conocimiento científico y la comprensión marciana de la naturaleza serían, por supuesto, mayores que los nuestros”. Creía que, de existir, los marcianos podrían habernos visitado, pero advertía de que, como no habrían dejado pruebas, “probablemente nadie creería a los pocos hombres que los hubieran visto”. En la información, no hay ni una mención a los platillos volantes, aunque ese mismo día el periódico publica dos noticias sobre ellos y, en una, el autor presenta la hipótesis extraterrestre como una opción más.

Gallup preguntó a principios de agosto a los estadounidenses si habían oído hablar de los platillos volantes y qué creían que eran. “Los resultados de la publicidad recibida por los discos habrían sido la respuesta a las oraciones de un agente de prensa. Nueve de cada diez estadounidenses han oído del fenómeno, del que se informó por primera vez el 25 de junio”, decía el estadístico George Gallup, quien destacaba que, frente a eso, “sólo la mitad de la población había oído hablar del Plan Marshall”, cuyas primeras ayudas habían llegado a Europa ocho meses antes.6 Uno de cada tres estadounidenses (33%) no tenía ni idea de lo que eran los platillos volantes; un tercio (29%) los achacaba a ilusiones ópticas, espejismos y la imaginación; un 15% creía que se trataba de algún tipo de arma secreta de su país; uno de cada diez (9%), de fraudes; y sólo el 1% temía que fueran armas secretas soviéticas. Los extraterrestres no aparecían como opción en la encuesta, por lo que no podemos descartar que algunos de los que tenían para los objetos “otras explicaciones” (9%) pensaran en visitantes de otros mundos.

Varios periódicos norteamericanos se hacían eco en noviembre de 1947 de un rumor que circulaba por Europa –y que The Gazette de Montreal llevó a su primera página– según el cual había documentos que demostraban que los platillos volantes eran ingenios desarrollados por científicos nazis en la España de Franco.7 La noticia, un invento de su autor o de alguna de sus fuentes, apuntaba a lo que se temía en instancias gubernamentales estadounidenses entonces: que los objetos fueran armas de una potencia extranjera. Es lo que preocupaba al teniente general Nathan Twining, jefe del Comando de Material Aéreo de las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos, cuando mandó el 23 de septiembre de 1947 a sus superiores un informe en el que sostiene que el fenómeno es real y baraja que sea producto de algún proyecto secreto de su país o que “alguna otra nación disponga de una forma de propulsión posiblemente nuclear”. Dos años después de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, los militares estadounidenses investigan el fenómeno ante el temor de que suponga una amenaza para la seguridad nacional, algo que descarta el 21 de enero de 1953 el llamado Panel Robertson, del que forman parte, entre otros, el físico Luis Alvarez, el astrónomo (y décadas después ufólogo) Josef Allen Hynek y el astrofísico Thornton Page. Para entonces, en la calle los platillos volantes –la Fuerza Aérea los bautizará ese mismo año como ovnis– son ya para una parte de la población naves extraterrestres y hay quien asegura hasta haberse encontrado cara a cara con sus tripulantes. ¿Cómo se llega a eso?

Frank R. Paul ya dibujaba naves espaciales con forma de platillo volante en 1929.

A finales del siglo XIX, Percival Lowell ve canales en Marte y en la Tierra existe la convicción de que el planeta rojo es el hogar de una civilización avanzada agonizante por la falta de agua. En 1919, en El libro de los condenados, Charles Fort afirma que algunos objetos y luces que se veían en los cielos desde hacía décadas eran naves de otros mundos. Ese mismo año, Nikola Tesla, que en 1899 creía haber detectado señales de radio de Marte, muestra su entusiasmo por los conocimientos que puedan transmitirnos nuestros vecinos, aunque teme que, para cuando alcancemos el nivel de desarrollo necesario para contactar, sea demasiado tarde para ellos. En 1924 operadores de radio militares estadounidenses participan en una operación de escucha de señales procedentes de Marte, aprovechando un momento de máximo acercamiento entre los dos planetas. En noviembre 1929, Frank R. Paul lleva una nave espacial con forma de platillo a la portada de Science Wonder Stories, la revista de ciencia ficción dirigida entonces por Hugo Gernsback. Y, nueve años después, Orson Welles traslada a la radio La guerra de los mundos (1897) de H.G. Wells, y una parte de la población estadounidense –significativa, pero no tan grande como muchos creyeron después– vive una invasión marciana. El terreno está abonado para el mito, pero, aún así, como ya hemos visto, la identificación de los platillos volantes con naves de otros mundos no es inmediata.

Llegan los marcianos

Los alienígenas entrarán en escena tímidamente de la mano de Raymond A. Palmer, director de la revista Amazing Stories que había empezado a publicar en marzo de 1945 una increíble historia. Un soldador de Pensilvania, Richard Shaver, aseguraba que la Tierra había sido colonizada en el pasado por extraterrestres que luego la tuvieron que abandonar. Decía haber visitado los túneles subterráneos que quedaban como vestigio de aquella visita. Palmer dedicó todo el número de Amazing de junio de 1947 al que hoy se conoce como el misterio Shaver, un fraude que había disparado las ventas, pero a la vez indignaba a los aficionados a la ciencia ficción y a escritores como Isaac Asimov, que publicaba relatos en la revista. Cuando ese mismo mes aparecieron los platillos volantes, Palmer vinculó el fenómeno con las supuestas naves espaciales de los extraterrestres de Shaver. Los dueños de Amazing acabaron echándole y entonces creó Fate, una revista sobre fenómenos paranormales cuyo número inaugural dedicó, en la primavera de 1948, al avistamiento de Kenneth Arnold, que firmaba el artículo de portada, titulado “I did see the flying disks!”. En el primer número de Fate, el especialista en aeronáutica John Ross no creía que alguien como Arnold hubiera confundido una aeronave militar con un disco volante –en la revista se refieren a ellos así y como donuts– y decía que, si el empresario había visto lo que decía haber visto, “¡sería un tren de naves espaciales de otro planeta!”.8

El primer platillo volante del cine, de ‘Bruce Gentry: daredevil of the skies’ (1949).

El 10 de febrero de 1949 llega el primer platillo volante al cine, pero no desde otro mundo. Es un arma de un villano en Bruce Gentry, daredevil of the skies (Bruce Gentry, el temerario de los cielos), un serial de quince capítulos que se emite por entregas antes de las películas en las salas de cine. El héroe, Bruce Gentry, es un aviador curtido en las tiras cómicas de los periódicos; el malvado, El Grabador, un tipo llamado así porque transmite sus órdenes mediante cintas grabadas, que quiere conquistar el mundo con sus platillos volantes. Ese origen terrestre de las misteriosas naves encaja con lo que todavía creen los estadounidenses, cuyas miradas se dirigirán a otros mundos a partir de enero de 1950. Es entonces cuando Donald Keyhoe, un militar retirado, publica su libro The flying saucers are real, del que la revista True ofrece un extracto con el mismo título en el primer número del año, que llega a los quioscos el 26 de diciembre de 1949.

Keyhoe, que en 1956 fundará el Comité Nacional de Investigaciones sobre Fenómenos Aéreos (NICAP), una de las principales organizaciones ufológicas, establece en The flying saucers are real los principios básicos del credo ovni: los platillos volantes son de origen extraterrestre y el Gobierno estadounidense oculta información al respecto. “La Tierra ha estado bajo observación sistemática de otro planeta, o de otros planetas, desde hace al menos dos siglos”; esta vigilancia se ha intensificado desde la explosión de las primeras bombas atómicas, y “forma parte de un plan de exploración a largo plazo que continuará indefinidamente”, escribe.9 Hollywood exportará la idea al mundo.

Escena de ‘Ultimátum a la Tierra’ (1951), película que inspiró el movimiento ‘contractista’.

El 28 de septiembre de 1951 llega a los cines estadounidenses Ultimátum a la Tierra, una película basada en El amo ha muerto (1940), un cuento de Harry Bates sobre un visitante alienígena cuya nave ovoide aparece de repente en Washington. Para adaptarla a los tiempos, Robert Wise, el director, hace que el extraterrestre llegue a nuestro planeta a bordo de un platillo volante. Klaatu procede de Marte, es bien parecido y, tras aterrizar frente a la Casa Blanca, resulta herido por un disparo de un soldado nervioso. Emisario de la Confederación Galáctica, viene a advertirnos de que, si no abandonamos las armas nucleares, nuestros vecinos cósmicos nos destruirán. Un año después del estreno de Ultimátum a la Tierra, George Adamski, un cocinero de un puesto de hamburguesas, se encuentra en el desierto de California con el tripulante de un platillo volante llegado de Venus. Viste como Klaatu y le dice que nuestros vecinos del Sistema Solar están preocupados por las explosiones nucleares. Es la primera cita cara a cara con un visitante de otro mundo. A partir de ese momento, los platillos volantes serán naves extraterrestres y sus ocupantes, en la mayoría de los casos, muy parecidos a nosotros.

¿Qué vio Arnold el 24 de junio de 1947? Sólo podemos especular. En su día se habló de espejismos, nieve azotada por el viento y hasta meteoros. Lo más probable, según quienes han estudiado el caso con detalle, es que se tratara de una bandada de pelícanos. ¿Pero realmente importa?



Notas

  1. Ribera, Antonio [1982]: Treinta años de ovnis. Editorial Plaza & Janés (Col. “Horizonte”, Nº 2). Barcelona. 38.
  2. Ribera, Antonio [1966]: El gran enigma de los platillos volantes. Editorial Pomaire. Barcelona. 57.
  3. Arnold, Kenneth [1948]: “I did see the flying disks!”. Fate (Chicago). Vol, 1, Nº 1 (primavera). 10-11.
  4. Redacción [1947]: “Impossible! Maybe, but seeing’ is believin’, says flyer”. East Oregonian (Pendleton). 25 de junio.
  5. Kaempffert, Waldemar [1947]: “Artificial moon may circle Earth”. The New York Times (Nueva York). 6 de julio.
  6. Gallup, George [1947]: “9 out of 10 heard of flying saucers”. St. Petersburg Times (St. Petersburg). 15 de agosto.
  7. Shapiro, Lionel [1947]: “‘Flying saucers’ traced to Franco; secret weapons made by Germans”. The Gazette (Montreal). 4 de noviembre.
  8. Ross, John C. [1948]: “What were the ‘doughnuts’”. Amazing Stories (Chicago). Vol. 1, Nº 1. 17.
  9. Keyhoe, Donald E. [1950]: The flying saucers are real. Fawcett Publications (Col. “Gold medal books”, Nº 107). Nueva York. 174.

Luis Alfonso Gámez

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Luis Alfonso Gámez es periodista del diario español El Correo, consultor del CSI, miembro del Círculo Escéptico http://www.circuloesceptico.org, y autor del libro la cara oculta del misterio y del blog Magonia http://www.magonia.es.