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Historia Sagrada

¡Paparruchas!

Luis Alfonso Gámez

October 18, 2010

El último ejemplo de esa contaminación del saber histórico popular por la ficción religiosa lo vivimos en septiembre, cuando un artículo publicado en la revista científica PLoS One apuntó que un fuerte viento, y no la vara mágica de Moisés, abrió las aguas del mar Rojo para facilitar la huida de los israelitas de Egipto...

Pregunte a sus mayores si creen que Moisés liberó a los israelitas del yugo del faraón y les guió hasta la Tierra Prometida, que David venció a Goliat y que Salomón fue un rey justo a más no poder. Es muy posible que respondan afirmativamente a algunas, si no todas, esas interrogantes. No debe extrañarse.

Hasta hace unas décadas, en países como España, se enseñaban en la escuela esos y otros hechos bíblicos como históricos. Únalo al peso de la catequesis en la educación infantil y se explicará por qué todavía hoy, en Occidente, mucha gente instruida cree en la realidad de la llamada Historia Sagrada, la sucesión de gestas protagonizadas por el pueblo judío acaudillados por Abraham, Isaac, Jacob, José y quienes les sucedieron, y bajo la tutela de Yahvé.

El último ejemplo de esa contaminación del saber histórico popular por la ficción religiosa lo vivimos en septiembre, cuando un artículo publicado en la revista científica PLoS One apuntó que un fuerte viento, y no la vara mágica de Moisés, abrió las aguas del mar Rojo para facilitar la huida de los israelitas de Egipto. La prueba eran unas simulaciones informáticas hechas por investigadores del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (NCAR) de Estados Unidos y de la Universidad de Colorado.

El NCAR emitió una nota de prensa titulada “Partiendo las aguas: una simulación informática aplica la física a la huida por el mar Rojo”, y la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS) la difundió a través de su servicio de información científica Eurekalert! “Las simulaciones encajan bastante bien con el relato del Éxodo. La separación de las aguas puede entenderse mediante dinámica de fluidos. Los vientos mueven el agua de una forma acorde a las leyes de la física, creando un pasaje seguro con agua a ambos lados y luego permitiendo abruptamente al agua volver”, explicaba Carl Drews, informático del NCAR, coautor del trabajo

Y sucedió lo previsible: las principales agencias noticias difundieron la historia, y decenas de medios de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de ella con gran entusiasmo. Diarios de referencia y canales de televisión dedicaron espacio y tiempo a explicar la trascendencia del hallazgo de Drews y sus colegas, bajo titulares como: “El viento separó el mar Rojo ante Moisés, según unos investigadores”, “El viento pudo separar el mar Rojo para Moisés”, “Moisés no abrió el mar Rojo, fue el viento”, “Moisés no separó el mar Rojo”… Ilustraban la historia, preferentemente, con imágenes del Moisés de Los Diez Mandamientos, encarnado por Charlton Heston, abriendo el mar Rojo.

Los autores de esas informaciones se olvidaron, todos, de un pequeño detalle: no hay pruebas arqueológicas ni documentales, al margen de los textos bíblicos, de ninguno de los grandes hechos narrados en el Antiguo Testamento. Los historiadores lo saben desde hace décadas: Moisés no existió -como tampoco Noé, Abraham, Isaac…-, nunca hubo centenares de miles de esclavos judíos en Egipto, ni emprendieron una épica huida, ni derribaron los muros de Jericó gracias al Arca de la Alianza, ni… El Antiguo Testamento no es una crónica histórica, sino una ficción como El señor de los anillos.

El episodio de Moisés y sus seguidores caminando por el lecho del mar Rojo es tan verídico como la creación de Adán del barro y la de Eva a partir de una de sus costillas, los 969 años de Matusalén y el Diluvio Universal. Todos esos episodios y personajes se inventaron a finales siglo VII antes de Cristo, en tiempos del rey Josías, con el único objetivo de dotar de un pasado glorioso al Pueblo Elegido y justificar sus pretensiones territoriales, tal como indican los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Silberman en su libro La Biblia desenterrada (2001).

No hace falta ser historiador para saber lo que les estoy contando. Basta con un mínimo de cultura. Entonces, ¿por qué tantos periodistas vendieron a sus lectores hace unas semanas que se había descubierto cómo pudo abrirse el mar Rojo al paso de las huestes de Moisés? Creo que, en algunos casos, fue consecuencia de la ignorancia; en otros, de la militancia religiosa -la ciencia demuestra que la Biblia tenía razón-; y, en muchos, de la puesta en práctica de esa máxima que dice que “no permitas que la realidad te arruine un buen titular”.

Sea cual sea el caso, no estamos ante algo nuevo. Al contrario. En los últimos años, han sido muchos los grandes medios que han anunciado fantásticos hallazgos arqueológicos que harían las delicias de Indiana Jones: la piscina de Juan Bautista, el palacio de la reina de Saba, las minas del rey Salomón, el arca de Noé… Y casi todos lo han hecho sin el menor atisbo de duda. “Cada vez que oigo hablar de descubrimientos espectaculares vinculados a personajes bíblicos, se me dispara la tensión”, me confesaba hace seis años Neil Silberman. La cosa parece haber ido a peor desde entonces porque los medios necesitan cada vez más noticias espectaculares para atraer la atención del público en un mundo saturado de información, y Occidente -periodistas, incluidos- sigue siendo rehén de la tradición judeocristiana y no ha asumido todavía que la Historia Sagrada no es historia, al igual que la medicina alternativa no es medicina.

Luis Alfonso Gámez

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Luis Alfonso Gámez es periodista del diario español El Correo, consultor del CSI, miembro del Círculo Escéptico http://www.circuloesceptico.org, y autor del libro la cara oculta del misterio y del blog Magonia http://www.magonia.es.