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Escepticismo para escépticos

¡Paparruchas!

Luis Alfonso Gámez

February 6, 2012

EscepticosenelCotton

El movimiento escéptico español vive de espaldas a la sociedad y parece no ser consciente de ello. No me refiero a que no ejerza una actitud vigilante hacia la difusión de supercherías. Al contrario. Gracias a Internet y a la intensa actividad de unos pocos blogueros -no nos engañemos, los activos son cuatro-, la denuncia de la charlatanería nunca ha sido tan eficaz como en la actualidad. El principal problema no es ése, sino que, a mi juicio, no se hace prácticamente nada por sacar el pensamiento crítico a la calle, por ir más allá de la firma de manifiestos que siempre suscribimos los mismos. Escribimos para escépticos, montamos charlas de escépticos para escépticos, organizamos protestas para escépticos… Sí, la palabra clave es endogamia.

Llevo en el escepticismo activo casi 30 años y mi modo de pensar ha evolucionado algo en ese tiempo. No sé si mucho o poco -ni si en la buena dirección-; pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que hay algunas cosas que hacemos mal, muy mal. ¿Cómo he llegado a esa conclusión? Sin querer. Cuando, por ejemplo, he comprobado que hay una revista escéptica a la que llevo suscrito desde su nacimiento -y lo estaré hasta el final- que ya ni abro porque habla preferentemente de lo buenos que somos y de las muchas cosas que hacemos. Me aburre. Con alguna excepción, me resulta tan apasionante como una hoja parroquial o un boletín interno de ésos que tienen ciertas compañías para fomentar el espíritu de empresa. Si a mí me ocurre eso, ¿puede interesar lo más mínimo a alguien no declaradamente escéptico? Lo dudo.

Pensamiento crítico 2.0

A medidos de los años 80, soñaba con que contáramos en Hispanoamérica con nuestro The Skeptical Inquirer, que es más que una publicación interna y cuya calidad de contenidos resulta incuestionable. Años después, me puse a ello con El Escéptico, pero abandoné la idea en cuanto comprobé, con pesar, que mi visión profesional de lo que tenía que ser esa revista era incompatible con el enfoque amateur de mis colegas, y que no había visos de cambio. No me refiero sólo a intentar compensar de algún modo a los autores -extremo que me planteaba para cuando hubiera unos mínimos ingresos-, sino también a respetar los plazos de publicación, corregir los textos a conciencia, controlar la calidad del producto de principio a fin… No fue posible, y dejé el cargo.

Ya como simple colaborador de la revista, cumplía los plazos de entrega de originales escrupulosamente, pero el número correspondiente llegaba a mi buzón muchos meses después, haciendo que mis textos perdieran toda actualidad. Me acabé hartando de que mis artículos se publicaran con tanta demora en la revista que hasta poco antes había dirigido seguramente con más errores que aciertos. Así que me desvinculé totalmente del proyecto sin tener un sitio alternativo donde publicar. Y en esto aparecieron los blogs. Abrí Magonia en junio de 2003 y, desde entonces, no me ha dado nada más que satisfacciones. No dependo de nadie para publicar y llego a mucha más gente con el blog de lo que nunca iba a llegar con la revista. Mi mayor error en Magonia ha sido el mismo que critico en estas líneas: en sus inicios, me centré demasiado en escribir sobre el proceder del movimiento escéptico, algo que sólo nos interesa a los de dentro. No sólo caí en la endogamia, sino que, además, coseché enemigos por decir públicamente lo que pensaba. Lo primero me importa; lo segundo no.

Los blogs son lo mejor que le ha pasado al movimiento escéptico español en treinta años. Le han dado una visibilidad que no habría logrado de otro modo. Junto con las redes sociales, han sido la puerta de entrada en el pensamiento crítico para mucha gente y el caldo de cultivo de actividades públicas como los Enigmas y Birras, los Escépticos en el Pub, los Escépticos en el Bar y otras similares. Estos encuentros consisten en reuniones en establecimientos hosteleros con charlas y tertulias en torno a un asunto presentado por un experto. Juntar en Madrid a ochenta personas y en Bilbao a una treintena una vez al mes para hablar de pensamiento crítico está bien; pero, cuando son siempre de los nuestros, tiene tanta utilidad social como sacar una revista que no llega más que a los convencidos. Son actividades para la cohesión del colectivo escéptico y, por eso, son necesarias, pero no sirven para más.

Encerrados en el armario

Apoyo activamente los Enigmas y Birras de Bilbao como público cuando puedo y como ponente cuando me lo solicitan. A la cita, casi siempre acudimos los mismos. Y, por lo que me han comentado, en otras ciudades pasa lo mismo con los Escépticos en el Pub, los Escépticos en el Bar y similares. Espero que estas iniciativas se perpetúen y empiecen a celebrarse en todas las ciudades donde haya un pequeño grupo de escépticos. Pero tenemos que ser conscientes de que se trata de actos dirigidos a los nuestros, tal como apuntaba en Twitter el otro día Silvia Alba, organizadora de las tertulias leonesas. Aquéllos a quienes tenemos que seducir no saben de estos encuentros y, por tanto, no recibirán nuestro mensaje. ¿Es porque hemos diseñado estos actos para que sean así o porque no sabemos darles la publicidad debida para que se abran a la gente de la calle?

No estamos ante un problema, seguramente, exclusivo de los escépticos españoles. Hace años, durante un congreso en Bruselas, le comentaba a Barry Karr, director ejecutivo del Comité para la Investigación Escéptica (CSI), que podía haberse aprovechado la oportunidad para organizar un acto abierto al público con alguno de los muy atractivos ponentes que participaban en el encuentro. Me refiero a gente como James Alcock, Barry Beyerstein y Christopher French, entre otros. No se había hecho, y no sé si ha hecho después. Poco más tarde, con motivo del nacimiento del Círculo Escéptico, tuve la oportunidad de empezar a organizar charlas y debates públicos en Bilbao, en colaboración con el Ayuntamiento, la Universidad del País Vasco y El Correo, el periódico en el que trabajo. ¿Y saben qué ha pasado? Que, desde entonces, hemos celebrado cinco ediciones del Día de Darwin con más de 300 asistentes a cada conferencia, así como sesiones sobre otros temas con un número de personas muy superior al del más exitoso encuentro de escépticos en un bar de toda España. Y, lo que es más importante, la mayor parte del público no es de los nuestros.

El ritmo de actos públicos de ese tipo en Bilbao ha descendido en los últimos dos años porque me he visto involucrado en otros proyectos; pero voy a retomar la iniciativa dentro de poco con el mismo objetivo con el que he programado encuentros sobre platillos volantes, la explosión de Tunguska y otros supuestos enigmas, el de atraer a la sala a los curiosos, no a los míos. El de seguir la estela de la serie de televisión Escépticos, concebida por escépticos, realizada por escépticos, pero dirigida al público en general. No es difícil organizar actos que atraigan a la gente sin insultar a su inteligencia: basta con un poco de dinero y una sala de conferencias. Entonces, ¿por qué no lo hacemos? ¿Por qué no salimos de una vez del armario? Yo también era escéptico en 2006, pero he comprobado que, pensando un poco y buscando buenos aliados, salir al mundo exterior no es tan difícil.

Luis Alfonso Gámez

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Luis Alfonso Gámez es periodista del diario español El Correo, consultor del CSI, miembro del Círculo Escéptico http://www.circuloesceptico.org, y autor del libro la cara oculta del misterio y del blog Magonia http://www.magonia.es.