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El “Detector de mentiras”: gran ejemplo de ciencia chatarra

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Morton E. Tavel, traducido por Alexandro Borgo

August 25, 2016

Recientemente me encontré con un programa de televisión -de esos basados en la vida real- que presentaba un ejemplo provocativo de tales casos: una mujer había sido brutalmente asesinada en su departamento. Su ex novio, con el cual había tenido un fuerte altercado, se convirtió en el primer sospechoso. Durante la investigación, a este hombre le “ofrecieron” hacer un test con el polígrafo (detector de mentiras) con el objeto de establecer su probable culpa o inocencia. Él accedió a la prueba y “falló”, lo cual indicaría su presunta culpabilidad. A pesar del resultado, la evidencia presentada en el juicio fue considerada insuficiente para condenarlo, y fue absuelto. Convencida de que el test del polígrafo era acertado, su comunidad local lo trató como a un paria y fue objeto de amenazas. Sin embargo, varios meses después, otro hombre, el verdadero asesino, fue aprehendido y condenado. Así, al menos para el primer sospechoso, aparte de sufrimiento, la historia tuvo un final satisfactorio, y el detector de mentiras resultó ser ineficaz y engañoso. El resultado lleva a una pregunta obvia: ¿cuántas veces se probó que era falsa la “detección de mentiras por una máquina”?

Gran parte del público estadounidense parece estar convencido de que el “detector de mentiras” es válido, como se indica en la literatura de “historias policiales” y en los programas de televisión, sean series, talk-shows o noticieros. Después de todo, con semejante avalancha de aprobación general, ¿quién podría dudar de la validez de una prueba como esta? La cuestión es que la ilusión en cuestión tiene muchos adeptos: funcionarios del Estado, departamentos de policía locales y agencias del orden público en todo el territorio de los Estados Unidos.

Pero examinemos la cuestión más de cerca. La exactitud del test debería estar sujeta a los métodos científicos modernos. Curiosamente, este desafío es llamativamente similar al que enfrentan los investigadores médicos cuando se evalúan varias pruebas que intentan establecer la presencia o ausencia de muchas enfermedades. Así las cosas, puedo brindar la evaluación de un método que, a menudo, fue analizado sin sentido crítico alguno.

El procedimiento y su historia

El “detector de mentiras” se usó durante casi un siglo y emplea un “polígrafo”, el cual, durante los interrogatorios, continuamente registra la presión sanguínea, la respiración, el pulso y la resistencia eléctrica de la piel (medida indirecta de la transpiración) del examinado. El formato usual compara las respuestas a preguntas “relevantes” con aquellas que se consideran preguntas de “control”. Las preguntas de control se refieren a hechos similares a los que están siendo investigados, pero se refieren al pasado del sujeto y son muy amplias. Por ejemplo: “¿Alguna vez traicionó a alguien que creyó en usted?”.

Se asume que una persona que está diciendo la verdad le teme más a las preguntas de control que a las preguntas relevantes. Ello se debe a que las preguntas de control están diseñadas para preocupar al sujeto acerca de su honradez (pasada), mientras que las relevantes preguntan sobre un crimen del cual son sospechosas. Un patrón de mayor cantidad de respuestas fisiológicas a las preguntas relevantes que a las de control lleva a un diagnóstico de “engaño”. Una mayor reacción a las preguntas de control lleva a un diagnóstico de “no engaño”. Si no hay diferencia entre las preguntas relevantes y las de control, el resultado de la prueba se considera no concluyente.

En el intento por mejorar la exactitud de las pruebas, se han sugerido métodos de interrogación como la “prueba de conocimiento de culpabilidad” (Ruscio 2005). Más que apuntar a determinar la veracidad de las respuestas a aspectos relevantes de un sujeto sometido a examen, esta técnica se propone exponer las respuestas “candentes” a preguntas que solo un individuo culpable pudiera dar. Esto se lleva a cabo con una serie de preguntas de multiple-choice (elección múltiple), una de las cuales contiene la información que lo incrimina. Este tipo de interrogación se limita solo a crímenes específicos, pero no ha sido lo suficientemente investigada y es muy probable que contenga los mismos defectos que el procedimiento convencional.


This article was originally featured in Skeptical Inquirer in English.
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El test registra la actividad del sistema nervioso autónomo (involuntario) que tiene influencia en el pulso cardíaco, el ritmo respiratorio, la presión arterial y la transpiración. Aunque esta parte del sistema nervioso está activa todo el tiempo, se incrementa durante la excitación, la ira, la ansiedad, el miedo, o temor. Cualquiera de estas reacciones puede ser causada por el hecho de mentir. Pero el engaño es una función cognitiva que desafía la medición directa. Ciertamente, a través de la historia de la medicina científica, no hay estudios que hayan demostrado que la respuesta emocional ligada a la mentira pueda ser medida. Además, las reacciones asociadas con la mentira y otras tensiones emocionales puede ser muy variable. Algunas personas pueden permanecer tranquilas cuando se les pone un revólver en la sien. En cambio, otras pueden responder excesivamente -con latidos fuertes y palmas transpiradas- cuando simplemente se les da la mano. El examen del polígrafo, por sí mismo, a menudo causa miedo o ansiedad, y si tales respuestas son excesivas cuando se hace una determinada pregunta, el examinador podría considerar que alguien ha fallado al contestar una pregunta.

La evidencia

Debido a esta obvia imposibilidad biológica en esta era de medicina basada en la evidencia, la premisa de la detección por medio del polígrafo ha derivado en escepticismo y se considera una pseudociencia por la mayoría de la comunidad científica (Iacono 2001).

La Asociación Poligráfica Americana (APA), organización profesional de examinadores que usan el polígrafo, mantiene una absoluta fe en la exactitud de esta prueba. Tienen permisos para ejercer en 28 estados y en su revista, Polygraph, informan sobre estudios cuestionables desde el punto de vista científico y cuentan anécdotas sobre la exactitud de su profesión. La mayoría de estos miembros hacen un curso de seis semanas a seis meses sobre el arte de la poligrafía. No se les requiere tener experiencia en medicina, psicología o comportamiento, disciplinas en las que supuestamente deberían estar basados los tests.

Como era de esperarse, los examinadores que usaban el polígrafo usualmente manifestaban confidencialmente que la prueba era muy precisa, rondando el 95% de eficacia. Esto implica que si se les hace la prueba a 100 sospechosos, noventa y cinco de ellos serán detectados. Cinco de ellos van a ser falsos negativos y no serán detectados por este método. Por otro lado dirán que si usted está diciendo la verdad, tiene un 100% de chances de pasar el examen (Reid e Inbau 1977).

Sin embargo, para ser aceptable de acuerdo a los estándares científicos modernos, las dos características que deben establecerse son la sensibilidad y la especificidad de este test: la sensibilidad es el porcentaje de resultados positivos cuando se sabe que hay una mentira. La especificidad es el porcentaje de resultados negativos en ausencia de engaño. En ambos escenarios, para establecer la eficacia del test, la presencia de los mentirosos y honestos debe ser determinada independientemente del procedimiento del test en sí mismo. La verdadera exactitud debe provenir de casos de la vida real porque, por obvias razones, no puede derivarse de voluntarios que están en un laboratorio y no tienen la presión emocional de los verdaderos sospechosos. Para lograr esto, se examina a un grupo sin engaños conocidos, para evaluar los resultados. Pero la prueba de absoluta honestidad en tales individuos es evasiva, porque incluso si no hay mentiras, la ansiedad asociada al test puede causar falsos positivos, reduciendo la especificidad del test, lo cual confunde más las cosas.

Pero ¿que podemos decir de los resultados de los test en aquellos que son realmente culpables? Tenemos muy poco conocimiento sobre la frecuencia con que los mentirosos son tomados como personas confiables. Además, los sujetos culpables -y muchos otros- pueden controlar sus reacciones usando lo que se llama “contramedidas”, suficientes para tergiversar los resultados para producir un “falso negativo”. Un ejemplo sobresaliente de un falso negativo es el de Aldrich Ames, quien en 1995 pasó exitosamente cinco tests poligráficos durante su larga carrera en servicios de inteligencia, y, a pesar de ello, fue arrestado y condenado por espionaje. Luego de que el científico del Sandia National Labs, Alan P. Zelicoff publicara un sólido comentario en The Skeptical Inquirer llamando a los polígrafos “una peligrosa trampa” (Zelicoff 2001), Ames escribió una carta al editor de la prisión federal confirmando los puntos de vista de Zelicoff, agregando que los polígrafos son ciertamente “ciencia chatarra”, “una superstición”, y un “refugio contra la responsabilidad”. “Al igual que dejar el destino en manos de los astros o en las vísceras de animales, los burócratas pueden abandonar sus deberes y responsabilidades a pseudocientíficos e interrogadores disfrazándolos de técnicos”, escribió Ames (Ames 2001). En 2003, Gary Ridgway mostró otro ejemplo: se lo encontró culpable de ser el Asesino del Río Verde (Green River Killer), quien mató a cuarenta y nueve mujeres en la zona de Seattle. Irónicamente, Ridgway pasó la prueba del detector de mentiras en 1987, mientras que otro hombre -que se probó que era inocente- falló. Aunque estos casos aislados son tomados como anécdotas, incitan a pensar que el test falló y debería ser cuidadosamente investigado críticamente con herramientas científicas, empleando un gran número de pruebas, como se describe más abajo.

La prueba del polígrafo no fue sometida a la investigación científica moderna, por lo menos desde hace treinta años (Saxe et. Al 1983; Likken 1981). Desde ese entonces han habido varios estudios empleando una metodología más adecuada. A pesar de la imposibilidad de lograr un diseño de investigación completamente satisfactorio, estos tests refutan claramente la alta eficacia que supuestamente tenían. Estos estudios aparecieron en publicaciones de revisión por pares (Horvath 1977). Generalmente informaban una sensibilidad del 76 por ciento. Esto significa que de 100 mentirosos, solo setenta y seis de ellos iban a ser detectados por el polígrafo. Pero surgen más dudas acerca de esta aparente sensibilidad del test: el hecho de establecer la verdadera “culpabilidad” generalmente no puede disociarse de las pruebas poligráficas anteriores, las cuales pueden haber aportado confesiones y/o veredictos de culpabilidad en la corte, sesgando los datos y llevándolos a un valor de falsa alta sensibilidad del test. El examinador también puede albergar sospechas previas sobre la honestidad del examinado, lo cual puede causar errores en la interpretación de la prueba y a una mayor distorsión de los datos.

La habilidad de los examinadores también está asociada a la gran variabilidad de los resultados, creando una mayor fuente de inexactitud. Algunos departamentos de policía, más pequeños, con presupuestos limitados pueden designar a un oficial de policía como examinador. El oficial designado puede tener poco entrenamiento formal o directamente carecer de él, más allá del limitado entrenamiento que le da la empresa que le vende el polígrafo al departamento de policía. Esto puede conducir a errores basados en la predisposición del oficial, quien creerá que la mayoría de los sospechosos son generalmente culpables. El resultado es que el oficial puede clasificar un resultado no concluyente como falso. Si el oficial examinador se da cuenta de las circunstancias del individuo que está siendo sometido a prueba, y el peso de la evidencia indica que el sujeto testeado es probablemente quien perpetró un crimen, se hace virtualmente imposible una prueba sin distorsiones. Los oficiales generalmente son entrenados para hacer preguntas usando frases que pueden hacer que alguien conteste de manera que parezca admitir su culpabilidad. Este tipo de formato de interrogatorio podría ser inapropiado en un interrogatorio con polígrafo. Debido a estas razones, establecer la sensibilidad de estas pruebas es, por lo tanto, muy improbable ya que las estimaciones mencionadas más arriba son probablemente exageradas.

Peor todavía -aunque no sea sorprendente- es que los estudios informan un promedio de especificidad del 52 por ciento, lo cual significa que de 100 personas que no mienten, solo cincuenta y dos van a ser identificadas como gente que dice la verdad, mientras que cuarenta y ocho de estos individuos honestos van a ser considerados mentirosos. Estas cifras son similares a las observadas al arrojar una moneda al aire, lo cual puede tener una especificidad del 50 por ciento. Otros estudios (Brett et al. 1986; Kleinmuntz and Szucko 1984; Lykken 1981) incluso han mostrado menores valores de especificidad, indicando que los resultados “positivos” son virtualmente inútiles. En 2003, la Academia Nacional de Ciencias, luego de una amplia revisión, emitió un informe llamado El polígrafo y la detección de mentiras (National Academy of Scences 2003), indicando que la mayor parte de la investigación con polígrafos era “poco fiable, no científica y tendenciosa” y concluyó afirmando que cincuenta y siete de aproximadamente ochenta estudios de investigación -en los cuales la Asociación Poligráfica Americana confía- contenían graves fallas. Se llegó a la conclusión de que, aunque el test funcionaba mejor que el azar al detectar mentiras -lejos de ser perfecto- producía demasiados falsos positivos.

En todo caso, quizá hay una ventaja menor para someter a los sospechosos a esta prueba (Lykken 1981; Lykken 1991): del 25 al 50 por ciento de los examinados, bajo la intensa presión psicológica el examen, van a confesar, luego de haber sido persuadidos de que se les halló deshonestos por medios “científicos”. Es común que los examinadores, en una prueba poligráfica, interroguen a los sujetos que ellos mismos creen que “fallaron” al ser sometidos al test. Los examinadores pueden sostener que no hay forma de negar la culpabilidad objetiva demostrada por este aparato científicamente “imparcial”, y que la única opción viable es confesar, lo cual usualmente sucede. Pero, aunque parezca efectivo, ello nunca apoya al test en sí mismo. Tal vez varias formas de tortura, como el intento de asfixia, podrían ser igualmente efectivas. Y uno podría preguntarse cuán a menudo esta forma de interrogación puede hacer que personas inocentes admitan falsamente -aparte de otras amenazas- que cometieron algunos delitos.

¿Hay justificación para seguir usándolo?

Por todas las razones mencionadas, el uso del polígrafo como detector de mentiras potencialmente puede causar mucho daño a personas inocentes que son juzgadas injustificadamente como deshonestas por los resultados. Una simple falla podría arruinar la vida de una persona. Desde 1923, la evidencia sobre el polígrafo no ha sido admisible en casos judiciales porque la prueba se consideró falta de validez científica. Desafortunadamente, todavía se usa en varios estados. Además, a los sospechosos se les “ofrece” este test antes de los procedimientos usuales, pero si por alguna razón, los sujetos rechazan ser sometidos al test, ello puede ser tomado como presunción de culpabilidad. Si ellos, en cambio, aceptan ser testeados, corren el riesgo -que normalmente ocurre- de producir falsos positivos, lo cual, de acuerdo a fiscales y jurados, apoya el veredicto de culpabilidad. De esta manera, desde el punto de vista del acusado, éste se encuentra atrapado. Más lamentable aún es el intento de aplicar este test en las preselecciones para un puesto de trabajo o autorizaciones de seguridad. En este contexto, el testear grandes grupos con una tasa base baja de deshonestidad va a dar un gran número de falsos positivos, tal cual está incluido en los principios matemáticos del teorema de Bayes (Tavel 2012). Teniendo en cuenta estos conceptos, el Consejo de la Asociación Médica Americana sobre Asuntos Científicos (1986) recomienda que el polígrafo no se use en tests de preselección laboral y para otorgar autorizaciones para cuestiones de seguridad, con lo cual estoy totalmente de acuerdo.

Agregando claras restricciones a estas pruebas, la Ley Federal de Protección Laboral contra el Polígrafo, de 1998, virtualmente declaró ilegal el uso de polígrafos en relación a puestos de trabajo. Esa ley abarca a los empleadores privados del comercio interestatal, lo cual incluye a casi todas las compañías privadas que usan computadoras, el correo de los EE.UU., o un sistema telefónico para enviar mensajes a alguien que está en otro estado.

De acuerdo a la ley, es ilegal para todas las compañías privadas:

Los aspirantes y empleados federales también están protegidos contra las pruebas que usan el detector de mentiras, mediante reglas del ámbito civil. A pesar de todas estas aparentes medidas de protección, muchas personas siguen siendo sometidas al examen poligráfico, sea para buscar trabajo o para retener puesto ya obtenido. Ley Federal de Protección Laboral contra el Polígrafo permite que se use en empleos relacionados con la seguridad y las drogas, o al investigar un robo específico u otros crímenes sospechosos.

El resultado de todo esto es que los exámenes continúan usándose en las agencias federales como el FBI, la CIA y la NSA (Agencia Nacional de Seguridad), donde es usual que se tomen decisiones respecto a las preselecciones laborales. Los aspirantes podrían suponer que estos tests son una forma de panorama inicial para comenzar a trabajar en una de estas agencias. También se les puede solicitar que se sometan al polígrafo de vez en cuando. Ante cualquier oferta laboral, la prueba del polígrafo es a menudo el último obstáculo. Bajo estas circunstancias, la necesidad de pasar la prueba puede ser un hecho estresante para cualquiera -especialmente para aquellos que no han sido sometidos anteriormente a una prueba poligráfica- y, por supuesto, como se ha explicado, ello puede fácilmente convertirse en un disparador de falsos positivos. De manera que semejante prueba, para estos propósitos, resulta difícil de defender.

Dadas las falacias de tales pruebas, uno podría asumir que los individuos motivados pudieran proveer instrucciones a los sujetos acerca de cómo pasar la prueba (usando medidas preventivas), llevando a la conclusión -correcta o equivocadamente- de que uno es sincero. Además, la administración de ciertas drogas para bloquear la reacción del sistema nervioso autónomo es algo esperable para pasar la prueba. De hecho, las instrucciones para pasar estos tests se puede conseguir fácilmente en alguno sitios de Internet. Por lo tanto es difícil comprender por qué alguien que dé instrucciones personales para estos fines pueda ser realmente procesado como si esto constituyera un delito. Esto es exactamente lo que ocurrió recientemente (Taylor 2013) cuando un hombre de Indiana fue acusado de “amenaza contra la seguridad nacional” al enseñar a los aspirantes a un determinado trabajo cómo pasar la prueba del detector de mentiras exitosamente. Fue sentenciado a ocho meses de prisión luego de que los agentes federales lo descubrieran en una estafa encubierta. Al momento de escribir esto, al menos un caso adicional está siendo investigado bajo cargos similares. Aunque los laberintos legales van más allá de esta discusión, el tema parece amenazar los derechos de la Primera Enmienda. Además, que esa instrucción sea posible expone las fallas de un procedimiento ampliamente considerado como pseudocientífico por la comunidad científica. Para dar un ejemplo más, podríamos presentar una analogía interesante, aunque absurda: supongamos que descubrimos que, a través del cierto entrenamiento, uno pudiera enseñar a las personas a saber cómo hacer pasar armas en los detectores de metales sin que suenen las alarmas. Lógicamente, tal revelación podría causar una de dos reacciones por parte de las autoridades: 1) reemplazar un test con fallas por uno que sea preciso, o 2) intentar silenciar a los entrenadores que están a favor de este “engaño” amenazándolos con penas legales, incluyendo la cárcel. La respuesta obvia a esta cuestión -número uno- no requiere de mucho razonamiento. Pero en cuanto al test poligráfico se refiere, esta respuesta está lejos de haber sido elegida por las autoridades, porque han optado por la segunda opción. El mero hecho de que esas autoridades hayan decidido suprimir la información de este tipo podría, por sí mismo, ser considerado como una admisión tácita de que tal prueba tiene serias fallas.

Conclusiones

Haciendo un resumen de todas las fallas del test el polígrafo, Iacono (2001) concluyó en un artículo titulado La detección de mentiras forense: procedimientos sin base científica, lo siguiente: aunque este tipo de pruebas puede ser útil como ayuda para una investigación y una herramienta para inducir confesiones, no es una prueba científica creíble. Su teoría está basada en afirmaciones ingenuas e inverosímiles acerca de su eficacia. Contiene un sesgo contra los individuos inocentes y puede ser demolida simplemente por provocar respuestas artificiales a las preguntas de control. Aunque no es posible evaluar adecuadamente la tasa de errores de esta prueba, las conclusiones están apoyadas por la investigación científica disponible en las mejores publicaciones de ciencias sociales.

Dada la enorme cantidad de evidencia sobre su ineficacia, tal cual lo he presentado aquí ¿cómo podemos, como sociedad, reaccionar a tal perversión de la ciencia? La solución lógica es abandonar completamente este método de prueba. La necesidad más urgente es eliminarlo de cuajo respecto de la selección de empleados. Todas las leyes estatales y federales que permitan el uso del polígrafo, dentro o fuera de un juzgado, deben ser eliminadas. Más todavía, mientras permanezca en uso, no hay justificación para acusar a aquellos que proveen información sobre como “pasar” un test como este.

Infortunadamente, varias organizaciones estatales y nacionales que certifiquen y autoricen el polígrafo -cuya subsistencia dependa de su existencia- están profundamente arraigadas en nuestra sociedad. Para erradicar esta plaga, la comunidad científica, así como otras que comprenden estos conceptos, deben educar al público y urgir implacablemente a las autoridades responsables para que no sigan perpetuándola.



Referencias