More Options

El altar del equilibrio periodístico

¡Paparruchas!

Luis Alfonso Gámez

September 28, 2011

“Hace mucho, yo bromeaba con que si un partido (político) declarase que la Tierra era plana, los titulares dirían: «Divergencia de opiniones sobre la forma del planeta»”, escribía a principios de agosto Paul Krugman en The New York Times. El Nobel de Economía de 2008 salía así al paso de la equidistancia periodística entre las posturas de republicanos y demócratas respecto al aumento del techo de deuda de Estados Unidos. Su artículo, titulado “Escurrir el bulto con el centrismo” en la versión del diario español El País, refleja lo que pasa a menudo en los medios de comunicación cuando hablan de pseudociencia. También en este caso, como dice Krugman sobre las discrepancias económicas entre los dos grandes partidos estadounidenses, “el culto al equilibrio ha desempeñado una función importante a la hora de llevarnos al borde del desastre”.

Vivir De La Luz

Buena parte del éxito social de la superstición se debe a la actitud de los periodistas al cubrir la información científica. Aunque en otros campos esquivamos la imparcialidad -la información deportiva es una muestra de forofismo desde la cabecera más amarilla hasta la más seria- y la falta de precisión -con la economía no se juega porque los agentes implicados son poderosos-, a la hora de hablar de ciencia prácticamente vale todo. Si alguien asegura que es capaz de vivir de la luz, por mucho que el sentido común y el redactor especializado en salud alerten de que eso es imposible, siempre habrá un alma caritativa en alguna redacción que diga que hay que dar los dos puntos de vista y que el lector decida.

Gracias a esa equidistancia, la bobada tendrá su cuota de atención mediática con alguna frase aislada en el reportaje que alimente la duda, una gota de pepitogrillismo disuelta en un océano de credulidad. Y mira que es fácil comprobar que no se puede vivir sin comer si es que eres tan burro que tienes dudas sobre ello: basta con hacer periodismo, con poner a un redactor pegado al ayunador prodigioso para que controle que no ingiere nada y ver qué pasa al cabo de unos días. Pero es más cómodo repetir la tontería sin más…

¿Que el público decida?

Muchas veces la estupidez se publicita en los medios sin un contrapunto que merezca tal denominación, sacrificando la veracidad en el altar del falso equilibrio periodístico. El intermediario -el periodista- no toma partido y apuesta por la equidistancia entre, por ejemplo, los ciudadanos que creen que las ondas de telefonía provocan todo tipo de males y los científicos que sostienen que centenares de estudios han descartado tal posibilidad y que habría que demoler el edificio de la física si tal supuesto fuera cierto, o los charlatanes que dicen que pueden aliviar enfermedades mediante imposición de manos y los que niegan tal posbilidad. Que el público decida es el mantra de ese tipo de periodismo, producto de las carencias formativas de sus autores y de la errónea idea de que, como muchas veces en política, en ciencia todo es cuestión de opiniones.

La información política es, demasiado habitualmente, una triste recopilación de declaraciones contrapuestas: el dirigente nacional, regional o local dice que un proyecto es inasumible económicamente, el líder de la principal fuerza de la oposición replica que puede realizarse y el resto de los jefes de partidos da su particular punto de vista. Un episodio así se plasma en los medios dando voz a todos los implicados por igual para evitar que a uno le acusen de ser de un bando u otro. ¡Para qué molestarse en hacer las cuentas o recabar el juicio de expertos independientes que examinen los datos! Esa actitud, propia de un periodismo acrítico que no aporta información valiosa al lector, pero con el que se llenan fácilmente páginas y minutos, constituye el paradigma del equilibrio informativo sin sentido, el mismo que se aplica a la información sobre hechos o afirmaciones sorprendentes. Y se hace por pereza intelectual, por vagancia, además de por ignorancia. Un redactor que entrevista a alguien que sostiene que existe la grafoterapia debería preguntarle inmediatamente por qué, por ejemplo, en las cárceles no se enseña caligrafía a los reos para reinsertarlos. A primera vista, parece un método barato, ¿no?

Escribo estas líneas a cuenta de un reportaje sobre morfopsicología publicado por el servicio de la BBC en español para el que me pidieron la opinión. Cuando leí la pieza, me quedó claro que el autor había optado por nadar y guardar la ropa, por no descartar abiertamente que la cara sea el espejo del alma, entendida ésta como la personalidad. No me sorprendió. Es algo habitual. Sin embargo, cuando los morfopsicólogos dicen que una boca pequeña implica que esa persona es ahorradora y una nariz carnosa, capacidad de afecto, demuestran el mismo rigor científico que quien afirma que todas las rubias son tontas y los gordos, bonachones.

Con más de veinte años en la profesión periodística, sé que poco puede hacerse incluso desde dentro de las redacciones si se está solo. Los periodistas que tomamos partido por la razón necesitamos el apoyo de los científicos en forma de llamadas telefónicas a los directores, cartas y artículos de opinión en los que denuncien apoyos disparatados de los medios a la anticiencia. Y, por si acaso no se los publican, que cuelguen esos textos en Internet para vergüenza de quien da la misma relevancia a la opinión de un pobre desequilibrado o de un charlatán que dice que los móviles provocan cáncer cerebral en los niños que a la de un científico.

No, a la imparcialidad

No ha lugar a la equidistancia cuando hablamos de ciencia y pseudociencia. Los periodistas no podemos no mojarnos cuando alguien dice que puede levitar o que el VIH no es el causante del sida. Al primero, hay que animarle a asomarse a la ventana y lanzarse al vacío; al segundo, a inyectarse una solución con VIH, renunciar a cualquier medicación y hablamos en unos años. Si no, que se callen. Cada vez que los periodistas no hacemos algo así, cada vez que no ponemos en evidencia la estupidez, cada vez que nos lavamos las manos ante afirmaciones extraordinarias y manifiestamente falsas, cada vez que nos situamos por encima del bien y del mal como árbitros de un equilibrado combate racional entre escépticos y pseudocientíficos, estamos incumpliendo un principio básico de la profesión, el de ofrecer una información veraz, y traicionando la confianza del público.

Hasta aquí mis opiniones, las de un periodista de a pie que muchas veces se avergüenza de lo que lee, escucha y ve en medios presuntamente serios. Ese altar en el que se sacrifica la verdad en aras del equilibrio es algo que, entre científicos y periodistas comprometidos, tenemos que derribar cuanto antes. Porque no todas las opiniones son respetables. No. Las opiniones de astrólogos, homeópatas, negacionistas del sida, quiroprácticos, sanadores espirituales, promotores de tratamientos alternativos al cáncer, contactados y antivacunas, por citar sólo unos cuantos, son disparates, en algunos casos denunciables por el peligro que entrañan para nuestros conciudadanos más ingenuos. Y todo periodista que da cancha a esos y otros colectivos anticientíficos en aras del equilibrio está haciendo algo similar a quien se sitúa en la información de un atentado terrorista o de una violación en el punto medio entre el autor de los hechos y la víctima. Es lo habitual en el mal llamado periodismo del misterio; nunca debería serlo en el de verdad.

Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez's photo

Luis Alfonso Gámez es periodista del diario español El Correo, consultor del CSI, miembro del Círculo Escéptico http://www.circuloesceptico.org, y autor del libro la cara oculta del misterio y del blog Magonia http://www.magonia.es.