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Chorradas paranormales

¡Paparruchas!

Luis Alfonso Gámez

July 25, 2011

La crítica de las tonterías pseudocientíficas desagrada no sólo a quienes explotan la credulidad popular, sino también a algunos escépticos. Hace años, se puso de moda entre ciertos colegas renegar de la denuncia de las chorradas paranormales por considerarla una pérdida de tiempo. Había que pasar, decían, a una nueva fase en la lucha contra el pensamiento mágico. Según ellos, carecía de sentido seguir saliendo en los medios a replicar a quienes sostienen que la Tierra es plana, que hay niños que parecen imanes humanos y que algunas personas son capaces de detectar corrientes subterráneas de agua gracias a una misteriosa energía, por ejemplo.

Entre nosotros, sospecho que quienes piensan que no merece la pena perder el tiempo refutando cualquiera de esos y otros prodigios lo hacen, sobre todo, porque creen que hablar de determinadas cosas rebaja su pedigrí académico. Yo no tengo pedigrí de ningún tipo, así que no me importa hablar de esos asuntos. ¿Saben por qué dedico parte de mi tiempo a denunciar chorradas, habiendo tantas cosas interesantes sobre las que hablar? Primero, porque me divierte; segundo, porque hacerlo me parece interesante; y, tercero, porque creo que decir que las bobadas son bobadas es necesario.

Las afirmaciones paranormales -y aquí uso el término en el sentido más amplio posible- son para mí como una muñeca rusa que esconde algo en su interior, algo que resulta siempre más atrayente que el envoltorio, por muchos prodigios de los que este último haga gala. Seguramente, usted nunca se ha parado a pensar cómo alguien puede engañar a la gente echándole las cartas o simulando hablar con sus muertos. Simplemente, da por hecho que es un timo y tiene razón: es un timo. ¿Pero por qué hay tanta gente que cae en él?, ¿por qué hay personas que creen en lo increíble?

Momentos ¡eureka!

La respuesta a esas preguntas está dentro de cada uno de nosotros, pero también en la argucias que emplea el charlatán de turno. Resulta prácticamente imposible convencer a un creyente del sinsentido de su fe, pero eso no significa que debamos renunciar a exponer el engaño. Al contrario. Desvelar las tretas de los adivinos y los mediums ante un público normal puede ser una especie de inmunización ante lo irracional para esas personas. Un simple vídeo en el que alguien como John Edward o Anne Germain habla presuntamente con espíritus basta para sembrar la semilla del pensamiento crítico en quien lo ve, para animarle a que interiorice un simple mensaje: ignorar cómo alguien hace algo no implica que ese algo sea sobrenatural.

A usted igual le parece una bobada, pero me encanta asistir a esos momentos ¡eureka! que viven los asistentes a mis charlas cuando desmontamos juntos el espectáculo de un médium o un adivino televisivo. Ydisfruto más cuando no soy yo el que dice dónde está el truco, sino que alguien del público se lo descubre al resto, demostrando que el pensamiento crítico está ahí, latente, y únicamente hace falta regarlo un poco para que salga a la superficie. Basta con que el público se relaje, considere la charla un juego, vea al dotado desde fuera y uno haga las preguntas correctas para que cualquier espectador dé con alguna de las claves del engaño. Además, el éxito de una bobada nos enseña muchas veces algo acerca de nosotros mismos, del Universo o de cómo funciona la ciencia. Y ésa es otra razón para no despreciar las tonterías esotéricas y despreciarlas sin más.

El análisis crítico de lo paranormal puede ser un gancho perfecto para la divulgación. Llevo diciéndolo años. Aprovechémonos de que hay quienes creen que los marcianos construyeron la Gran Pirámide para contar realmente cómo se levantó y cómo era el Egipto de hace 4.500 años; agarrémonos a los hombrecillos grises para hablar de la evolución de las especies, del origen de los homínidos y de la inmensidad del Cosmos; usemos como cebo las terroríficas visiones nocturnas para hablar de las jugarretas que nos hace el cerebro, que nos hacemos a nosotros mismos… La bobada, el disparate, puede ser el pretexto perfecto para atraer al público a nuestro terreno y, además de mostrarle lo ridículo que resulta que un tipo se cruce media galaxia para asustar a un campesino que está orinando y salir pitando, hacer divulgación.

Y hay otra importante razón para plantar cara a quien dice que ha encontrado la Atlántida, que puede mover objetos a distancia o que cura mediante la imposición de manos. Cuando alguien suspende el espíritu crítico ante banalidades, es más fácil que también lo haga ante afirmaciones peligrosas, como que el VIH no causa el sida y que las vacunas provocan autismo. Carezco de pruebas objetivas, de sondeos en los que se haya preguntado a los encuestados por chorradas paranormales y por peligrosos disparates como los dos anteriores, pero intuyo que entre los antivacunas y los conspiranoicos del 11-S hay un porcentaje mayor de creyentes en la telepatía y los extraterrestres que entre el resto de la población.

Hace décadas que sigo la prensa esotérica española y he comprobado que, en ella, viven en feliz sintonía las bobadas aparentemente inocuas con las mentiras peligrosas, el negocio de los videntes con el de quienes venden todo tipo de remedios milagrosos y dicen que no hay que vacunarse. Esas publicaciones han creado una realidad paralela en la que lo que no funciona en el mundo real sí lo hace en las ficciones disfrazadas de periodismo que llenan sus páginas. Y, claro, si uno cree que seres de otros mundos secuestran a humanos para introducirles sondas anales o que hay gente capaz de ver el futuro -aunque nunca acierte el número de la lotería-, ya está sin defensas y dispuesto a dar verosimilitud a la conspiración más delirante, a oponerse a los transgénicos porque sí y a creer que los móviles provocan cáncer, aunque no haya ninguna prueba de ello.

Son cosas diferentes, sí; pero, cuando los extraterrestres, los superpoderes, los fantasmas y los dioses han minado las defensas de la razón, los vendedores de dietas milagro, de homeopatía contra el cáncer, de protectores contra las ondas electromagnéticas y de cosméticos que activan los genes de la juventud tienen ya vía libre. Por eso, es fundamental que los escépticos nos ocupemos de las chorradas paranormales y continuaré haciéndolo mientras tenga fuerzas y me siga divirtiendo.

Luis Alfonso Gámez

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Luis Alfonso Gámez es periodista del diario español El Correo, consultor del CSI, miembro del Círculo Escéptico http://www.circuloesceptico.org, y autor del libro la cara oculta del misterio y del blog Magonia http://www.magonia.es.