More Options

Carcajadas contra creencias

¡Paparruchas!

Luis Alfonso Gámez

January 23, 2013

Cuando el crédulo o el charlatán de turno le suelte que los chemtrails forman parte de una operación de envenenamiento masivo, las ondas de radiofrecuencia provocan cáncer, las psicofonías son mensajes del Más Allá, la homeopatía funciona, la telepatía está demostrada o cualquier otra cosa por el estilo, respóndale: “Sí, y el Museo de Historia Natural de Londres sostiene que los dinosaurios pudieron desaparecer porque se los llevaron extraterrestres en sus platillos volantes”. ¡Ojo!, es cierto, pero es posible que su interlocutor no capte la ironía.

dinosaurs and aliens image from Natural History Musem of London

La imagen que ilustra estas líneas se encuentra en la galería de los dinosaurios del prestigioso museo londinense. Forma parte de una exposición permanente en la cual, como es marca de la casa, el conocimiento se ofrece al público de una forma clara y comprensible, con rigor, pero sin rigidez. Quizá por eso, siempre que he visitado esa galería he tenido que sortear muchas familias con niños. La aparente sencillez y el atractivo de esa muestra son pruebas del mucho trabajo que hay detrás de ella, porque captar la atención tanto de niños como de adultos y explicar cosas sencillamente no es fácil. Al contrario.

El panel con los platillos volantes secuestrando dinosaurios como posible causa de la extinción es una broma de los autores de la exposición, al igual que otro que apunta a la pervivencia actual de los lagartos terribles en la figura de Nessie. No creo que ningún visitante del Museo de Historia Natural de Londres se los tome de otra forma por cómo se presentan esas ideas -en forma de viñetas- y las píldoras de conocimiento real que las rodean. Si algún purista de la divulgación o de la ciencia se escandaliza por la presencia de ovnis y monstruos imaginarios en una exposición científica sobre dinosaurios, es que, indudablemente, su reino no es de este mundo.

La estupidez desnuda

El humor es una magnífica herramienta no sólo para la divulgación del conocimiento, sino también en la lucha contra la pseudociencia, donde tan importante es tener razón como que parezca que uno la tiene. Esto último es algo que debemos asumir los escépticos porque, hasta que no lo hagamos, llevaremos las de perder en una sociedad que se guía en gran medida por las apariencias. Como escribió el nunca suficientemente reivindicado Henry Louis Mencken en la revista The American Mercury en 1924, “una carcajada vale por diez mil silogismos. No sólo es más eficaz, sino que también es mucho más inteligente”. Seis décadas después, el recientemente fallecido Paul Kurtz, sin quien el movimiento escéptico nunca hubiera llegado a ser lo que es, coincidía en The Skeptical Inquirer en que “algunas veces la mejor manera de refutar una afirmación [absurda] es mostrar lo estúpida que es, y hacerlo gráficamente”.

A la hora de debatir públicamente con quienes defienden estupideces como que las pirámides las levantaron extraterrestres o que es posible curar enfermedades rezando, no se me ocurre nada más efectivo que el humor. Parto de la premisa de que, en casos así, la pregunta y el comentario impertinentes nunca están fuera de lugar. Siempre hace falta que alguien recuerde, como el niño del cuento de Hans Christian Andersen que grita que el emperador está desnudo, que el hecho de que mucha gente crea en algo no demuestra que sea cierto, como dan por hecho muchos medios de comunicación cuando hablan de terapias alternativas, enfermedades imaginarias y otras supercherías.

He comprobado personalmente que no hay nada que moleste más a los homéopatas que los intentos de suicidio mediante la ingesta masiva de sus inocuos remedios. Homeópatas con los que he mantenido debates me han dicho en público y en privado que están hartos de que yo haga esas “payasadas”. La razón es obvia: todo el mundo sabe que tomar cualquier medicamento en dosis excesivas resulta peligroso y, en el mejor de los casos, conlleva un ingreso en un centro médico. Si después de ingerir 40 o 60 somníferos homeopáticos uno ni siquiera echa una cabezadita, no hace falta que el espectador se pare a pensar ni un segundo, el timo es evidente hasta para un niño.

Una humorada a tiempo puede dejar más claro lo ridículo de una afirmación extraordinaria que diez mil sólidos argumentos. Téngalo presente la próxima vez que vea a intrépidos investigadores de lo paranormal acampando de noche a un cementerio para grabar psicofonías -¿acaso los espíritus tienen alergia a la luz del sol?-, a un adivino preguntando el signo del Zodiaco a su cliente -¿pero no es vidente?-, a un ufólogo que habla de encuentros sexuales con extraterrestres -¿siente usted atracción física por un chimpancé?- o a cualquier otro vendedor de misterios. Y, si usted es un activista escéptico y acude a debates en los medios, cuando tenga la menor oportunidad destaque lo absurdo de los argumentos del charlatán de turno e intente hacer que el público se tome a risa el tema. Nadie cree en algo de lo que se carcajea.

Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez's photo

Luis Alfonso Gámez es periodista del diario español El Correo, consultor del CSI, miembro del Círculo Escéptico http://www.circuloesceptico.org, y autor del libro la cara oculta del misterio y del blog Magonia http://www.magonia.es.